Dos diferentes tipos de datos ocupaban las páginas de información política la semana pasada: uno, la intención de voto de cara a las elecciones de marzo. El segundo, toda clase de promesas de reducción de impuestos. A este ritmo, si la campaña durase otros tres meses, cabría imaginarse una España convertida en paraíso fiscal.
Por el momento, el anuncio más sonado lo daba Mariano Rajoy. El 18 de noviembre, como traca final para la convención del Partido Popular, el candidato prometía eximir del impuesto de la renta (IRPF) a todas las personas que ganen menos de 16.000 euros. Pero el PP no se dirige sólo a los ‘mileuristas’. Con algo menos de bombo, unos días antes el líder popular prometía una reducción de tres puntos en el tipo máximo (el de las mayores rentas) y de diez en el impuesto de sociedades (para empresas). Pobres, ricos, empresarios... para el PP, todos ganan. Es más, según la idea neoliberal por la que al bajar los impuestos se reactiva la economía, el número dos del partido, Ángel Acebes, aseguró que la reforma “no tiene ningún coste”. Al día siguiente el Gobierno recordaba los costes. Fue el propio ministro de economía, Pedro Solbes, quien cifró la merma de ingresos en no menos de 5.000 millones de euros. No obstante, a las dos semanas Zapatero daba su propio golpe de efecto. En unas jornadas organizadas por la revista-biblia del neoliberalismo, The Economist, el presidente anunciaba la supresión del impuesto de patrimonio. Pocos días antes, la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre había prometido la reducción de ese impuesto. Otras comunidades también se han apuntado. En Galicia, Emilio Pérez Touriño prometió la exención del impuesto de sucesiones. Y el entusiasmo con las rebajas llega al punto que el PSOE retiró de su programa el céntimo ecológico, ante el temor de parecer excesivamente recaudador.
Menor gasto público europeo
Detrás de los aplausos de los mítines, han sido poco escuchadas sin embargo las voces que señalan cómo, paradójicamente, todas estas promesas se dan en una economía cuya presión fiscal está en los últimos puestos de Europa. Según datos de Eurostat, la suma de todos los impuestos fue de un 34,8% del PIB.
La cifra es inferior en más de cuatro puntos a la de los países europeos de la zona euro, incluso menor que el de las nuevas incorporaciones. El sistema económico español es, junto con el de Portugal, el que menos invierte en gasto público por habitante de los 15 primeros miembros de la Unión Europea. El dato no se corresponde al nivel de riqueza. El PIB per cápita español está en el 90% de la media europea, pero el dinero que se invierte en recursos públicos (sanidad, educación, servicios sociales...) por habitante apenas llega al 62% del promedio europeo. Un aspecto ilustrativo de estas semanas fue ver cómo medidas que reducirán el gasto público se anunciaban al mismo tiempo que se producen manifestaciones por el mal estado de las infraestructuras en Cataluña. O cuando el informe PISA sobre educación sitúa a los alumnos españoles a la cola en comprensión lectora. No en vano, Finlandia, uno de los países con mayores gastos sociales, se encuentra en cabeza.
Estas cuestiones resultan poco relevantes
en las líneas de las grandes
políticas macroeconómicas. El pasado
octubre, así lo denunciaba un informe
del gabinete técnico del grupo
parlamentario de Izquierda Unida-
ICV, en el que se cifra que el coste
de las últimas rebajas fiscales del
PSOE supusieron una pérdida de recaudación
de ingresos potenciales
de “no menos de 6.000 millones de
euros anuales”. Unido a las reformas
del período 1996-2003 del PP
cuantificadas en 7.800 millones de
euros anuales-, IU calcula que las
“reformas regresivas del PP y el continuismo
de las del PSOE suponen
una pérdida potencial de recursos
de 13.800 millones de euros anuales.
Y ese camino seguirá tras las
elecciones. “Parece que el camino
elegido”, ha escrito el economista
Daniel Raventós, “ha sido el de caminar
al grito de ‘menos impuestos’.
Que lo haga la derecha era predecible
y hasta ‘normal’, que lo haga la
izquierda, una parte de ella al menos,
es un gran error. Atrapar votos
no lo justifica todo”.
Los efectos cotidianos
del subdesarrollo social
Más allá del debate
sobre cifras, el reducido
gasto social se
observa en el día a
día. En salud, de los
15 primeros Estados
miembros de la UE,
el español es el que
menos dedica al
gasto público sanitario:
un 5,4% del PIB.
Y, de ese dinero, sólo
un 15% se dirige a
atención primaria.
Harían falta 342 euros
más por habitante
para situarse en la
media europea. Consecuencias:
centros de
salud masificados, largas
listas de espera y
un menor tiempo de
consulta médica (un
médico de cabecera
recibe un 40% más de
visitas al día que en la
UE-15). En servicios
sociales, sólo un 2%
de ancianos son atendidos
en sus domicilios,
frente al 15% en
Europa. El gasto en
exclusión social es aún
menor. Para mejorar
estas marcas, según
cálculos que maneja
Izquierda Unida, “un
superávit del 0,1% del
PIB (en vez del 0,3%
programado para
2008) permite liberar
2.240 millones de
euros (370.000 millones
de pesetas) para
políticas públicas”.
Sería algo mínimo y se
mantendría el superávit,
pero entre los ortodoxos
liberales, la idea
equivale a despilfarro.
“Sólo la gente corriente paga impuestos”
El ritmo de la subasta fiscal entre PP y PSOE no ha llevado a detenerse en otros datos, como es la tendencia a bajar impuestos directos (progresivos) y aumentar los indirectos (regresivos). En la misma línea, si bien Rajoy anuncia que se beneficiarán las clases menos pudientes, la senda económica de los últimos diez años señala en otra dirección. Según indica Daniel Raventós, entre 1995 y 2006, el salario real medio de los españoles cayó un 4%. En ese mismo periodo, de acuerdo con el INE, los salarios han pasado de representar el 49% del total a significar el 36%. Todo ello no evita que las rentas saláriales representan el 80% del IRPF y los asalariados declaren de media casi 6.000 euros más que el promedio de lo que declaran los empresarios y profesionales en el tributo. “El IRPF muestra de forma indirecta que el enorme fraude fiscal que hacen los ricos es impresionante”, escribe Raventós, quien recuerda la conocida frase de la millonaria hotelera Leona Hemsley: “Sólo la gente corriente paga impuestos”.